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Hijxs del cordobazo

“El viernes 29, Córdoba amaneció despejada y totalmente ocupada por la policía. La gobernación había puesto en la calle a todas sus fuerzas: había traído contingentes del resto de la provincia y anulado todos los francos. El dispositivo estaba pensado a partir de la experiencia de años de reprimir manifestaciones: su táctica consistía en cortar los accesos al casco céntrico para impedir que las columnas llegaron a juntarse, y tratar de reprimirlas por separado. La noche anterior se había reunido la «comunidad de inteligencia» de Córdoba: oficiales del Ejército y la Fuerza Aérea, la policía de la provincia, el Ministro de gobierno y los rectores de las universidades Nacional y Católica, que consideraron que las fuerzas existentes alcanzarían para mantener el orden.

“Desde las 9 de la mañana se veía gente deambulando por todas partes, cruzando miradas, charlando, apurando el paso hacia destinos desconocidos. Los comerciantes abrieron temprano, pero la mayoría volvió a cerrar al cabo de un par de horas. los que no salían en la calle, estaban en los balcones y las azoteas, para ver qué pasaba”.

“A las once empezó el paro. En la Usina, los dirigentes ni siquiera tuvieron que convocar a los trabajadores. Sólo se quedaron en sus puestos las guardias de emergencia del personal jerárquico, y los demás se fueron encolumnando detrás de los carteles de Luz y Fuerza”.

“Se iban a desplegando cartelones de vereda a vereda, donde se lean los nombres de las distintas agrupaciones. A la cabeza de la columna, un cartel enorme decía «Paro Activo». Un manifestante se subió sobre los hombros de otro grito Abajo la dictadura. Miles de voces contestaron Abajo. La columna aumentaba a ojos vistas. La gente salía de todos lados.”

“Habían organizado una conducción que reunía a la mayoría de las agrupaciones: el peso recaía sobre el Integralismo, el Partido Comunista Revolucionario y el Frente Estudiantil Nacional, pero no faltaban otras variantes del peronismo, los radicales, los comunistas ortodoxos y mucha gente sin partido ni tendencia”.

“La consigna era clara. Replegarse y tratar de resistir todo lo posible en el último reducto. Era cuestión de tiempo: todos sabían que la ciudad iba a ser recuperada por el gobierno, pero unas horas más o menos podían cambiar muchas cosas. No bien llegaron al barrio [Clínicas] recorrieron las estaciones de servicio pidiendo nafta. Ya no necesitaban disimular. Se habían acabado los raviolitos con la mezcla iniciadora para las molotov.

-Che, vengan a ver. Desde la otra cuadra se ve el barrio Yapeyú ardiendo. Con una vista panorámica y miraron toda la ciudad envuelta en humo. Anochecía. La gente imaginaba la que se venía pero seguía en la calle, tomando mate, descansando. Ahí fue cuando empezaron a oír los ronquidos de motores pesados. – ¡Entren a las casas! – ¡Suban a los techos! – ¡Se viene el ejército!”

“Eran las ocho y Córdoba se había quedado a oscuras. En la sede de Luz y Fuerza, la oscuridad repentina no fue una sorpresa. -Misión cumplida. Le dijo Tosco a Alberti. Burlando la guardia, desde la usina central, el Chiquito Díaz, junto con otros del sindicato, había hecho saltar los tapones del suministro eléctrico de la ciudad. Por las ventanas del edificio de la calle Deán Funes veían pasar los aviones con vuelos rasantes y soltando ráfagas sobre las calles y las azoteas. -Ahora nos quedamos acá hasta que las velas no ardan.”

FRAGMENTOS EXTRAÍDOS DEL LIBRO “LA VOLUNTAD: UNA HISTORIA DE LA MILITANCIA REVOLUCIONARIA EN LA ARGENTINA”, DE EDUARDO ANGUITA Y MARTÍN CAPARRÓS

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